lunes, 19 de marzo de 2012

4x03 EFRÉN


Priviuslí, en El mundo al revés: Efrén y Zac  se fueron de crucero de luna de miel y sus amigos no han sabido nada de ellos desde finales del mes de junio. Efrén quiso emprender este viaje al no estar seguro si fue reconocido por Noé, pero una nota que le hizo llegar un camarero en el barco le confirmó que saben que los vio y lo amenazaba con que no fuera a la policía.

Efrén reconoció la voz de Jaime de haberla oído el día que se coló en casa de Noé, pero cuando fue a avisarle ya se habían ido.

Los padres de Efrén no asistieron a la boda argumentando que tenían que trabajar y a cambio se quedaron con su hijo Bruno.

Efrén tiene un pub que se llama Inframundo, pero desde hace tiempo delega toda su gestión a un chico que se llama Nacho.

Antes de pedirle matrimonio, Efrén discutió con Zac sobre Bruno, dejando claro de malas maneras que era hijo suyo y no de los dos, por lo cual Zac lo perdonó por las malas maneras, pero se quedó algo molesto.




En una habitación de hotel, Efrén y Zac se preparaban para marcharse.

EFRÉN: ¿Ya tienes las maletas listas, amor?

ZAC: Sí. Cada vez más maletas y cada vez pesan más —dijo con reproche.

EFRÉN: Normal. Cada vez nos compramos más ropa —le habló como si no le hubiera contestado de esa manera—. Y ahora que ya va haciendo frío, la ropa pesa más.

Zac abrió un cajón y sacó una pequeña cartulina que se guardó ávidamente en el bolsillo. Pero Efrén lo vio y le insistió en que se la enseñara. Zacarías trató de desviar la conversación y Efrén, que no podía dejarlo pasar, le metió la mano en el bolsillo y la cogió.

EFRÉN: ¿Una postal del Partenón? —le dio la vuelta y vio el remite—. ¿Y se la quieres enviar a estos? ¡Por Asir, te dije que no les podíamos decir nada! —temió que con aquella postal se delatara su paradero.

ZAC: Y yo nunca te dije que estuviera de acuerdo con eso.

EFRÉN: Venga, tío. Ya te lo he dicho mil veces. ¿Tú sabes lo que va a molar que les enseñemos todas las fotos de todos los sitios en los que hemos estado cuando volvamos por sorpresa?

ZAC: ¡Se van a morir del aburrimiento de ver cinco meses ya de fotos! ¿No crees que estarán preocupados de no saber nada de nosotros?

EFRÉN: No pasa nada. Seguro que Luis y Jaime tampoco les están llamando todos los días.

ZAC: Seguro que están genial —relajó el tono de discusión.

EFRÉN: No sé yo si Luis estará bien…

ZAC: ¿Por qué dices eso?

EFRÉN: Por nada, por nada… Anda, vámonos —dijo tirando la postal a la papelera de la habitación.

ZAC: Espera un momento, que quiero ir al baño.

EFRÉN: Te espero en la recepción y voy haciendo el check-out.

ZAC: Vale, cariño —dijo más amigable y le dio un beso.

Al poco tiempo de dejar todo pagado en la recepción del hotel, Zac bajó ilusionado y miraba a Efrén sin parar.

ZAC: Y ahora, y como cada vez que dejamos un hotel, es cuando me dices nuestro próximo destino.

EFRÉN: ¡Estambul! ¿Qué te parece, guapo?

Zac perdió esa expresión de felicidad para tornarse en una gran desilusión.

EFRÉN: ¿No te gustaría ver Turquía? Ya hemos visto casi toda Europa.

ZAC: No es eso, amor, es que estoy cansado de viajar. Echo de menos a Bruno y quiero volver a casa ya. ¿No te estarás quedando sin dinero ya o qué?

EFRÉN: ¡Qué va! El pub va estupendamente. O eso parece según mis ingresos. Nacho hace un muy buen trabajo. Y además, aún me queda mucho dinero del trato que me ofrecieron por debajo de la mesa para subir a primera división. Lo invertí, pero lo recuperé rápido.

ZAC: Cuánto me alegro —su rostro demostraba lo contrario.

EFRÉN: Cuando lleguemos a Estambul nos iremos al spa del hotel para que nos den unos masajes. ¿No te apetece?

ZAC: No, Efrén —se puso ya más serio—. Lo que me apetece es volver a casa.

EFRÉN: ¡Pero hombre! ¡Tenemos que ver mundo antes de asentarnos! —intentó animarlo— Porque si luego tenemos más críos, ya sabes que con niños pequeños luego no puedes ir a ningún lado.

ZAC: Está bien —alegró la cara—. Podemos seguir viajando si quieres. Pero tenemos que ir a Londres a ver a Bruno primero.

EFRÉN: ¿Te crees que yo no lo echo de menos? ¡Me haces quedar como el malo de la película!

ZAC: Pues no parece que lo eches de menos. Eres su padre. Y según tú, solo tú eres su padre. Así que ocúpate de él.

EFRÉN: Ya lo sé. Pero es mejor así…

ZAC: ¿El qué es mejor así?

De repente se encontró entre la espada y la pared. Sabía que no podía seguir arrastrando a su marido por el mundo para que los terroristas no lo encontrasen. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que Noé lideraba al grupo de terroristas que buscaban por la tele. Por lo que averiguó, y lo que vio y escuchó aquel día en la casa de las madres de David.

Efrén creía que si estaban lejos de su hijo lo protegería. Pero tampoco era de piedra. Pasó de estar pegado a Bruno a no verlo en mucho tiempo. Y aunque no lo demostrase en el exterior, por dentro el dolor lo estaba ahogando.

EFRÉN: Está bien. Iremos a Londres a ver a Bruno y a que conozcas a mis padres de paso. Asir nos coja confesados. Pero luego seguiremos viajando, ¿vale?

ZAC: ¡Vale! —le dio un abrazo que casi lo parte en dos.

Le alegró ver como por fin sonreía de verdad y ya se imaginaba el caluroso reencuentro con el pequeño. Esperaba que en unos meses no se hubiera olvidado de su papá.

ZAC: Voy a la tienda de regalos a echar un vistazo. A ver si le podemos llevar algo al crío.

EFRÉN: Buena idea. Voy llamando mientras a un taxi.

Efrén salió por la puerta del hotel y Zac se dirigió a la recepción en vez de a la tienda.

ZAC: Por favor, puede enviar esto por correo.

—Sí, claro.

ZAC: Pone la dirección y también lleva el sello.

—Bonita postal del Partenón.

ZAC: ¡Muchas gracias! Y oye, hablas muy bien español.

—Gracias a ti —le guiñó el ojo y Zac se fue corriendo al encuentro de Efrén.

EFRÉN: ¡Qué rápido! ¿Has comprado algo?

ZAC: No, qué va. Era todo muy caro.




Un vuelo, un tren y un taxi fueron necesarios para llegar a la casa de los padres de Efrén, que vivían en una casa de un buen barrio, en una población cercana a Londres. Parecía una mansión como las que salían en las películas: con su cuidado jardín delantero rodeado por una estilosa valla de madera, y el edificio en sí constaba de dos plantas, más la bohardilla.

Ya estaba anocheciendo, a pesar de que era por la tarde, pero las luces decorativas que iluminaban toda la calle indicaban que la Natividad, la celebración del nacimiento de Asir y Ast, estaba a la vuelta de la esquina. Cuando llamaron a la puerta, la abrieron ambos padres y se quedaron mirándolos desde allí sin decir una palabra, con cara de circunstancias.

EFRÉN: Eeeh hola, ¿podemos pasar?

—Sí, claro. Pasad —dijo el más bajito y blanco de piel, pero seguían sin apartarse.

EFRÉN: Bueno, Zac, estos son mis padres: Ximo y Quim —estiró los labios para simular felicidad.

—Joaquim, para ti, querido yerno —espetó el que estaba morenísimo a pesar de vivir en Reino Unido todo el año y de estar en invierno. Zac entendió que de él habría heredado Efrén su bronceado tono de piel y su imponente altura.

—No, hombre, que los dos nos llamamos Joaquim —se dirigió a su marido sin ni siquiera mirar a Zac—. Yo soy Quim y él es Ximo —explicó fríamente sin hacer ademán de saludarlo. A este le vio justamente la misma nariz redondeada e infantiloide que su hijo. Las gafas lo despistaban, pero pensó que sería cosa de la edad. Aunque parecían jóvenes para tener un hijo de 28 años, deberían de rebasar ambos la cincuentena.

Los dos se quedaron de pie bloqueando la entrada y Zac no quiso importunarlos con presentaciones. Pensando también en que la escena si lo rechazaban sería colosal.

ZAC: Encantado —esbozó una pequeña sonrisa para aflojar un poco la tensión.

—Por lo menos tiene modales —le susurró Ximo a su marido.

—Hoy en día hasta los incultos y los pobres gozan de una educación pública de calidad. Aunque no la acaben…

Las palabras despectivas que salían de sus bocas directamente dirigidas para humillar a Zacarías estaban poniendo furioso a Efrén, pero prefería no empezar con mal pie su visita y cambió de tema ante la mirada de asombro de Zac, que era demasiado tímido para contraatacar.

EFRÉN: ¿Dónde está mi hijo?

Tu hijo está durmiendo la siesta —respondió Ximo con retintín—. Lo acabo de acostar, así que no lo despiertes hasta dentro de una hora. Si hubieras venido antes…

EFRÉN: No os quejéis, que si no os lo traigo ni lo hubierais conocido hasta ahora.

—Nos dijiste que lo tendríamos unas semanas —replicó de nuevo Ximo—. Y llevamos desde verano pagando a una au-pair. ¿Tú qué te has creído? ¡Nosotros trabajamos todos los días!

—Menos hoy, que es domingo —le recordó Quim.

EFRÉN: ¿Podemos pasar ya? —preguntó empezando a perder la paciencia, ya que aún estaban fuera de la casa.

—Sí —dijo Quim antes de que volviera a contestarle Ximo, que suspiró para no seguir hablando—. Pasad por aquí y os instaláis en la otra parte de la casa. Así estaréis más tranquilos.

La vivienda ya se veía enorme desde fuera, pero era igual de espaciosa por dentro. Los llevaron a la segunda planta al final del pasillo, justo a la otra punta de su habitación. Pero Zac estaba ansioso por ver al niño y volvió a preguntar.

—Puedes despertarlo, pero no se debe alterar la rutina de los niños deliberadamente. Ellos tienen unos horarios, ¿sabías? —le hablaba como si fuera corto de entendederas.

Pero Zac, que ya se olía como iban a estar los humos durante su estancia allí, hizo caso omiso y entró en el cuarto que le estaba señalando con la mano, seguido muy de cerca por Efrén, que miró a sus padres desaprobando la actitud que estaban teniendo mientras bajaban tranquilamente al comedor.

Cuando entraron en la habitación, vieron al pequeño durmiendo en su cuna, y Efrén notó enseguida cuánto había crecido en su ausencia. Miró a Zac y tenía esa misma expresión en la cara, lo abrazó por la espalda y se acercaron para despertarlo tiernamente. Efrén se quedó de pie y Zac se agachó para hablarle con delicadeza. El niño oyó su voz y se desperezó adormilado, pero en cuanto reconoció a Zac lo abrazó.

—Papá —pronunció el niño por primera vez esa palabra, aunque ya chapurreaba de todo antes de dejarlo allí, ante la atónita mirada de su padre biológico Efrén.

Los ojos abiertos como platos con los que se giró hacia él Zac lo decían todo. Hasta él se había sorprendido de la reacción del niño.

ZAC: ¿Estás enfadado? —preguntó casi excusándose.

EFRÉN: No. No, qué va —dijo después de pensárselo unos segundos y se sentó abatido en un sofá que había en la estancia.

ZAC: ¿Estás bien? —lo intentó reconfortar, sentándose a su lado.

Él permaneció en silencio mirando a la nada y se tomó su tiempo para contestar.

EFRÉN: Ofelia tenía razón. No he sido un buen padre para Bruno.

ZAC: ¡No digas eso! ¡Ni de coña, hombre! ¡Claro que lo has sido!

EFRÉN: Me lo dices solo para animarme. Pero sabes que tengo razón.

ZAC: Tú siempre le has dado lo mejor. Eso es ser un buen padre. ¿Que no te has ocupado tanto de él como hubieras debido? No te lo voy a negar. Pero eso es algo que puedes cambiar a partir de ahora.

Efrén miró a su esposo y se sintió agradecido de haberse casado con tan buen hombre, que siempre aguantaba sus cosas. Lo tenía viajando de un lado para otro desde la luna de miel y el pobre aún se había quejado poco.

EFRÉN: Es normal que el chiquillo piense que eres su padre. Has cuidado mucho más de él que yo. La culpa es mía. Pero me encanta que tengáis esa relación tan cercana.

ZAC: ¿No te molesta seguro?

EFRÉN: Quiero a mi hijo y te quiero a ti. ¿Qué más puedo pedir? —le dijo con los ojos nublados tratando de sonreír, antes de salir corriendo de la habitación—. Necesito estar un momento a solas.

Un par de horas después Zac entró a la habitación donde Efrén estaba llorando. Estaba tumbado encima de la cama, boca abajo, sorbiendo los mocos y limpiándose la cara de lágrimas cuando oyó el ruido de la puerta.

ZAC: Me estoy empezando a preocupar —se sentó a su lado—. ¿Seguro que es solo por lo de Bruno?

EFRÉN: Sí… y no. No puedo hablar de ello ahora.

ZAC: ¿Ya empezamos con más secretos?

EFRÉN: Que sí, Zac, que es porque te quiere más a ti. Déjame ahora y ya lo hablaremos cuando vea que es el momento—respondió más severo.

Zac salió airado de la habitación y Efrén, que había estado pensando en su situación durante esas horas, se lavó la cara y fue directo a tener una conversación seria con sus padres.

—Está claro que solo quiere nuestro dinero, hijo. Y encima no trabaja y tú manteniéndolo. No sé qué has visto en él. Es de lo más soso.

EFRÉN: Primero, no lo conocéis en absoluto. Segundo, haced el favor de respetar a mi marido. Ya que tuvisteis la poca vergüenza de no venir ni a la boda.

—No pretenderías que asistiéramos a una boda que desaprobamos, ¿verdad?

EFRÉN: Muy bien, pues seguid pensando lo que queráis. Que es lo que siempre habéis hecho. Pero solo os pido un poco de respeto mientras estemos aquí.

—Ah, que os vais a quedar…

EFRÉN: Vamos a pasar aquí la Natividad, mientras pongo en orden algunos aspectos de mi vida y de mi cabeza, y en cuanto podamos volveremos a España. Disfrutad de vuestro nieto, porque no sé en cuanto tiempo volveréis a verlo.

Al oír el parquet crujir, Efrén se giró y vio a Zac en la puerta. Tenía la boca tan abierta que casi le llegaba al suelo y sin decir palabra se fue malhumorado al piso de arriba. Efrén fue detrás de él para explicárselo y antes de que entrara en el cuarto lo cogió por el brazo.

EFRÉN: Espera un momento, por favor. Déjame explicártelo.

ZAC: ¿Me estás diciendo que después de todos estos meses viajando ahora nos tenemos que quedar en casa de unas personas que me odian? ¡Quiero volver a casa!

EFRÉN: Serán solo unos días.

ZAC: Déjame. No sé qué más puedes hacer para compensarme todo esto —se soltó de su mano y dio un portazo.

Efrén fue a ver por fin a su hijo, después de todo el drama, lo cogió en brazos y sintió casi como si estuviera en casa.

EFRÉN: Qué voy a hacer, Bruno. Qué voy a hacer.

Se sacó un trozo de papel del bolsillo, lo abrió y puso cara de amargor al acordarse de la amenaza de Noé: «Si vas a la policía o se lo cuentas a alguien, tu marido y tu hijo están muertos. Sabes a lo que me refiero. Disfruta de la Renovación. Puede ser tu última. Ya sabes quién soy.»




Ulises llegaba al portal y vio cómo un hombre calvo y corpulento metía algo en su buzón. No llevaba ningún uniforme y tampoco era el cartero.

ULISES: ¿Es usted mensajero o algo?

—No, no —respondió carraspeándose la voz—. He visto esto en el suelo y lo he metido en el buzón. Hasta luego —salió raudo del portal.

Abriendo el buzón, Ulises se emocionó al ver una postal de Zac y Efrén. Mandada desde Atenas, nada más y nada menos.

El fortachón salió del portal y e hizo una llamada.

—Nuestras fuentes son de fiar. Han estado en Atenas y ahora estarán en Londres.

—Buen trabajo Eliseo —se oyó la voz de Noé al otro lado del teléfono—. Los muy idiotas están usando sus verdaderos nombres para viajar.


Próximo episodio: lunes, 26 de marzo de 2012 a las 21:00.

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